A veces sueño sueños
A veces sueño sueños.
Llueve. Llueve torrencialmente. La lluvia,
enseguida empapa tu pelo haciéndolo tan pesado que
se pega a la cabeza, derramándose, como cascada
sobre tus hombros, y arrancando ese aroma fantástico
que inunda mis sentidos. Mis dedos, como movidos por
un oculto resorte, comienzan el movimiento hacia tu
cara; anhelan apartar ese mechón rebelde que te
cuelga laxo junto a la mejilla desangrando, gota a
gota, ese elixir primaveral y ocultando el brillo
intenso de una mirada que perfora el alma. Si
avanzara tan solo un pequeño paso hacia ti ya
estaría demasiado cerca y todo sería inevitable. El
finísimo polvo envenenado, inalterable pese a la
lluvia, que cubre mi piel de seda artificial,
inundaría tus fosas nasales y entraría en tu
torrente sanguíneo que corre veloz. Mezclado con la
ponzoña, un sutil aroma te embriagaría los sentidos
y aceleraría un pulso ya de por sí veloz. Tu cuerpo
necesitaría más oxígeno. Despertaría cada célula a
una excitación animal que te atraería hacia mis
brazos depredadores que te esperan abiertos. Y ese
sería tu final. Pero esto no debe de suceder. No si
puedo evitarlo.
Las plantas laceradas de mis pies sangran.
Resistirse, descalzo sobre las piedras, al impulso
de ese instinto ancestral no es sencillo. Lo
sencillo sería arrojarme, cogerte en mis brazos,
izarte con la cabeza apoyada sobre el pecho en el
lugar en dónde debería de latir un corazón,
desplegar las alas, y saltar a ese vacío que produce
vértigo. Dejarnos arrastrar por una marea de odio y
sexo, paladeando la resaca en una boca pastosa,
borrachos el uno del otro, descargando nuestra ira
en lucha mortal bajo un ventilador de aspas que
giran lento, lento, lento; perlando nuestros cuerpos
con las gotas de los últimos vestigios de una razón
que muere abrasada por el fuego incontrolable que
provoca el roce de unos dedos sobre la piel
prohibida que nunca debieron tocar.
No, no puedo dar ese pequeño paso hacia ti,
ahora no, aún no. Debo dejar pasar el momento y que
de nuevo la soledad se mude a mis ojos y se instale
en ellos para opacarlos. Proscribirlos y
convertirlos en pozos negros que solo sean capaces
de robar la luz de los demás; perseguir el reflejo
de la luna en su fondo y que las últimas gotas de
ilusión se diluyan en la negrura infinita.
Volvemos al inicio, a la lluvia que sigue
cayendo. Un escalofrío. ¿De qué tengo
miedo?, ¿realmente soy yo el peligro?, ¿lo eres
tú?, no lo sé.
Un segundo más. Un estallido. Miles de
cristales rotos caen sobre un mundo adoquinado. La
fragilidad del alma destruye al monstruo que se deja
morir. Con tus pies sobre la arena fina de una playa
interminablemente solitaria, de lava negra triturada
y restos de coral, podrás caminar por la orilla y
recoger las tablas que flotan junto a mi cuerpo
inerte, restos del naufragio, y encender un fuego
que te caliente y expulse el frío que instaló en tu
alma mi aliento helado. Azul y verde. Cielo, hielo,
ojos; un ligero matiz sobre las alas sin mácula de
un ángel exterminador; cuchillos afilados; un
relámpago que rasga la noche; un resplandor de luz
fluorescente que crepita bajo la rendija de la
puerta que oculta aquella habitación desvencijada en
un hotelito, en medio de la nada más absoluta, de
película de terror, con una vieja bañera de época en
la que el agua rebosa y el óxido avanza inexorable,
para abrazar las tablas carcomidas del suelo, sobre
unas patas metálicas, antaño lustrosas, ahora
efímero recuerdo de otro ayer más glamuroso.
Baraja tahúr una vez más las cartas de mi
destino y dame una mano ganadora. Que la racha
vuelva y las musas vuelvan a postrarse ante mí como
lo hicieron antes, anhelando satisfacer cada uno de
mis retorcidos deseos. Fácil. Reparte con la mano
izquierda y dame a la reina de negro corazón y
sonrisa rojo sangre fresca, sangre que brota de cada
herida, de cada disparo que atraviesa mi cuerpo, de
cada adiós.
No, no puedo, no puedo despertar de este sueño
dentro de otro sueño. Me abraso. Necesito dar ese
paso y que siga lloviendo para que la lluvia
refresque mi calcinada piel, mi maltrecho corazón. Y
así, el cuerpo que tantas veces imagine desnudo
sobre el mío al fin será visible para que mis ojos
centelleen lujuriosos. Para que mis manos descubran
cada lunar, cada pequeña irregularidad en tu piel,
cada secreto. Lo quiero todo. Quiero verte, quiero
tocarte, quiero olerte, oírte y saborearte, quiero
un torrente de feromonas que inunden nuestras fosas
nasales despertando miles de sensaciones, de deseos.
Necesito esa droga para poder vivir, para poder
superar el síndrome de dependencia que genera el
recuerdo de un tirante que caía sobre tú hombro
izquierdo, junto a tu pelo húmedo, el recuerdo del
bello en tus brazos erizándose por esa ligera brisa
que provocó que te estremecieras haciendo
reaccionar tu cuerpo, de líneas curvas que se movían
bajo esa finísima tela gris con cada uno de tus
pasos acercándose y a la vez alejándose, un latido
en el cuello. Recuerdos que atesoré con ansia,
robados, violencia visual que rasgaba esa barrera
entre tú y mis ojos.
Eso o despertar de una vez.
Al final, como al final de una película, deja
de llover. El sol se eleva en el horizonte mientras
mi negrura se oculta en el ocaso de esta noche de
lluvia. Ojalá mañana pueda volver a soñar un sueño
dentro de otro sueño. Es lo único que me queda, no
hay nada más. En mi corazón llueve. Llueve
torrencialmente.
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