Un relato de otoño

Un relato de otoño es como una hoja que cae.
No  se me da bien dibujar. Mis manos torpes nunca lograron aprender a contar historias a través de imágenes. ¿Escribir?, bueno, tampoco mi estilo y mi ortografía llegarán a la posteridad inmortal como ejemplo para las generaciones venideras. Qué es entonces lo que te gusta. No lo sé y si tú de verdad quieres saberlo podemos intentar averiguarlo. Dame tu mano y acompáñame, no tengas miedo, olvídate de prejuicios, despójate de todas las capas protectoras que cubren tu cuerpo y tu alma, no temas llegar a dónde, en el fondo de tu corazón, quieres llegar. Unos pasos sobre la abstracción imaginativa y llegas frente a mis ojos. El cálido aliento empaña nuestro reflejo sobre su superficie dándonos ese aspecto tan irreal, fantasmagórico incluso. Extiende tu mano. Que tus dedos se acerquen poco a poco hasta que las yemas sientan la humedad fría y salada. ¿Lo notas?, ¿notas la frenética actividad que tiene lugar al otro lado?, ¿eres capaz de sentir el pulso continuo, acompasado, lleno de vida?, golpe, golpe, golpe, golpe, ¿el péndulo que rige cada instante de mi vida con su vaivén? No te preocupes si no puedes ni imaginar qué hay detrás, lo vas a ver tú misma.
Atravesemos el túnel de este espejo y llegaremos a un reino de caos del que quizás luego no querrás o no podrás salir, hipnotizada por este abanico de sensaciones . Adivino por tu cara de sorpresa que hay algo que no comprendes. Te estarás preguntando qué ha pasado, qué es este silencio mortal que nos sepulta pesado como una losa, esta agobiante viscosidad de cuello alto que se agarra a nuestro cuerpo tirando con fuerza hacia abajo, como arenas movedizas. No luches contra ello, relájate, sobreponte y espera. Hay que esperar, siempre hay que esperar. Ya sé que todo está oscuro, frío, inánime. Ten paciencia. En apenas un segundo eterno alguna melodía o algún rayo de luz logrará colarse por un mínimo resquicio en la maraña que rodea férrea este lugar. No hables, no preguntes. Yo también he pensado infinidad de veces el por qué de esta barrera que protege feroz este lugar, pero no soy capaz de encontrar una respuesta que me satisfaga.
Respira. Respira lento, acompasa tu respiración de ojos cerrados. Respira otra vez. Respira hondo. Un instante, medio segundo, un latido, una gota de lluvia, una hoja que cae lentamente, mimosa, como a cámara lenta. Todo sigue oscuro. Pero, ¿no percibes el cambio?. Un punto de luz diminuto en la lejanía, o tal vez cerca, aumenta con cada latido acompañado por un rumor que lo acompaña creciente hasta transformarse en un terremoto de sonido y luz, cual estampida que nos engulle sin remisión. Ahora todo se transforma. Una frenética espiral de miles de olores, colores, sabores, sonidos, texturas, recuerdos, sentimientos, imágenes…,  nos zarandea de un lado para otro, circulando a gran velocidad por una autopista sin carriles ni límites de ningún tipo. Un enjambre enfurecido capaz de ocultar la luz o de cegarnos con su luminosidad, de ensordecer cualquier grito con su palpitar. Todo está ahí y tan solo hace falta alargar los brazos para cogerlo.
Un sentimiento junto con la letra de una canción o junto con una melodía, forman una frase llena de fuerza. Me vale. Me sacia. Es el momento de escribir. Debo darme prisa pues este estado febril no durará. Es una cascada de sensaciones que embotan mis sentidos, de la que tengo que extraer el máximo posible antes de que vuelva el olvido negro y se condenen en el ostracismo de lo que pudo y no fue. Un orgasmo sensorial que tiene que ser puente y materia prima de trazos que conformen historias. Los dedos bailan ritmos imposibles, ahora veloces, ahora lentos, ahora endiabladamente bellos; siempre dando cada gota de su esencia para plasmar la mía sobre el papel, hasta caer mortalmente heridos y resurgir después como el ave Fénix de entre las cenizas y volver a danzar de nuevo en esta montaña rusa de lápiz y letras dibujadas.
La mayoría de las veces el resultado de esta explosión creativa no es suficiente, hay que volver una y otra vez a beber de esta fuente, leer y releer hasta conseguir algo que no parezcan locos desvaríos de una mente que dejó la cordura junto al mojón de piedra cubierto de musgo anciano que marca el inicio, ¿o quizás el final?, un círculo que empieza y acaba donde empiezan y acaban los sentimientos. Amar y odiar y entre medias un universo de matices.
Gira la rueca. Hilo, hilo y vuelvo a hilar  paja en oro. Compongo una madeja negro grafito, triste a simple vista pero que pretende alimentar emociones en cuanto la engulles. Llenarte de sensaciones y deseos y... Suéñalos para hacerles el homenaje que se merecen. Témelos porque destilan peligro. Ódialos, ámalos, deséalos, aborrécelos, en una palabra, siéntelos. Si no, morirán sin cumplir su cometido y volverán para martirizarme eternamente, día tras día, como el águila a Prometeo.
Tú tiempo ha acabado. Ya no puedes permanecer aquí ni un segundo más sin dejar nada a cambio. Nada es gratis y yo soy muy interesado, mundanamente interesado, física y obscenamente interesado. Tendrás que dar un paso hacia atrás, huir, escapar, salir de este recóndito espacio y olvidar su existencia para siempre. Volver borrando tus huellas en la arena. Regresar de nuevo mis ojos. Respirar una, dos, tres veces. Da la vuelta y despierta al hoy.
Ahora debes responderme sinceramente, sin artificio, desde dentro. No caigas en la mediocridad de intentar engañarme politiqueando correctamente. Yo ya sé la respuesta. ¿Has sido capaz de descubrir qué es lo que te gusta?

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