Carta amm

Han tenido que pasar muchos granitos por el cuello de este reloj de la vida para entenderte, y ahora que por fin lo he hecho ya no queda casi arena que vivir juntos. Nunca hasta hoy lo supe ver. No sé si los resortes que rigen nuestras mentes nos ponen vendas en los ojos del alma para protegernos, o lo hacen quizás para que la vida nos termine golpeando tan fuerte que no podamos olvidar su lección hasta el día en que lo olvidemos todo; pero algunos vivimos ciegos durante mucho tiempo y despertamos a esta realidad de una forma brutalmente dolorosa.
Nunca fui capaz de entender esas furtivas lágrimas que, casi desapercibidas, escapaban de tu corazón cuando los días eran de alegría y fiesta, o debían serlo. Desde mi adolescencia engreída y llena de energía lo vi como una debilidad. En un arranque de valentía que asume la realidad, me revelaba, en un acto de negación, de resistencia, a avanzar por este río que nos lleva siempre hacia adelante, sin posibilidad de retorno, sin marcha atrás, lento a veces, pero demasiado rápido la mayoría del tiempo. Desde mi posición era fácil ser valiente, vosotros estabais ahí, llenos de fuerza, llenos de vida, titanes ante el mísero día a día de acercarnos fechas vertiginosamente. Viviendo vuestras vidas de sacrificio para empujar las nuestras, preparando el momento en que la peonza comenzase a girar en serio para nosotros. Así, mi alocada cabeza de Peter Pan no podía concebir en modo alguno que tu felicidad no fuera la nuestra; que quisieras estropear esos momentos invitando a sentarse entre nosotros a esa melancolía estéril y voraz.  Ahora mi corazón desangra gota a gota tus mismas lágrimas dejando un hueco que ya estará vacío para siempre.
Hoy cientos de certezas me golpean. Ahora que te has instalado en un recóndito lugar atemporal al que nadie puede seguirte, ahora, se me ocurre que quizás nunca te di lo suficiente las gracias y ya es tarde. Cojo tu mano para trasmitirte parte del afecto que tus ojos asustados me demandan, pero el resto de sensaciones que podría haberte trasmitido, si hubiera hecho lo mismo hace tiempo, se perderán como si fueran agua entre nuestros dedos. Ahora que sé que las palabras llegan como un susurro entre almohadones rellenos de plumas a tus oídos es cuando más cosas tengo que preguntarte y tú ya no tienes las respuestas, o al menos no para mí. Ahora, cuando veo a mi hija corriendo por el parque, viniendo y volviendo entre risas, me falta la compañía que siempre pensé que tendría a su lado, abuela y nieta; no puedes seguirnos porque las cadenas del abandono te sepultan bajo su apatía subyugadora. Ahora que tengo que dejar el nido me doy cuenta de que nunca aprendí a volar. Me siento solo, desamparado.
Tus ojos casi sin brillo miran sin verme apenas. A veces te extraña este señor con barba que te llama “mamá” aunque la mayoría del tiempo sabes que me quieres. Tus oídos me oyen sin escucharme apenas, una voz tranquilizadora y familiar a la que contestar frases sencillas grabadas a fuego, en tu ya muy reducido vocabulario, de tanto repetirlas. Tu boca ya apenas me habla, tan solo dice cosas que para mí no son suficientes. Y sin embargo ahora mi corazón revoluciona mi mente como una corriente helada que sopla sobre un montón de papeles viejos, apergaminados y amarillentos descolocando cada idea, cada sentimiento.
Como un eufemismo vienen a mi cabeza antiguos tópicos suaves como la seda en lugar de golpearme como me merezco, con toda su brutalidad, convirtiéndolos en axiomas de vida. Ya sé lo que tenía porque lo he perdido.
La luz de tu sol declina en este duro atardecer. Mientras tú esperas con sosiego y sin prisa un barco que te lleve al reencuentro de los que te precedieron  en ese último viaje, yo soy consciente, no solo de que una parte de mí se irá contigo en ese viaje hacia el olvido, también me invade la dolorosa convicción de que esa parte que te llevas nunca volverá a reencontrarse con el resto de mi ser. Vinimos solos y dejamos nuestra impronta hasta que jirones de la niebla del olvido diluyen el recuerdo entre los que nos amaron alguna vez. También entre los que nos odiaron. Por eso un escalofrío gélido recorre mi cuerpo cuando veo tu maleta sobre la cama, prácticamente hecha. Al fondo has guardado las palabras que ya no nos dices; yo intento sin éxito que las recuperes, porque con las poquitas que has dejado apenas te da para expresar tus exiguas necesidades. A su lado veo tu risa. No eras tú de explosiva hilaridad, pero siempre me regalabas una cuando te hacía cosquillas en la planta de los pies, ¡cuánto la añoro!. Guardaste también hace tiempo las fuerzas de luchar; dejaste que las olas fueran deshaciendo los muros de tu castillo de arena sin prisa pero de forma constante; nosotros, ciegos por convicción, solo alcanzamos a ver el desastre cuando vimos desmoronarse las torres y con ellas la bandera que ya nunca será agitada por la brisa de afectos.
Estoy seguro de que algún día mi hija sufrirá esta explosión de sensaciones en su corazón. De que por fin entenderá el por qué su padre lloró aquel día en el que ella era tan feliz. Entenderá la de cosas que han quedado en ese cajón de todo lo que no me dijo, de lo que no supo o no quiso trasmitirme. Y, probablemente ya será tarde.
Me hubiera gustado regalarte alguna estrella, o quizás una luna llena, pero ahora tan solo puedo regalarte la plata fundida que derrama mi corazón cada vez que sueño despierto. Amargura que exuda mi cuerpo en miles de haces brillantes que alimentan el mar enrabietado de recuerdos, de disculpas, de lamentos, de “podría haber”, de inacabados desarrollos mentales que simulan situaciones que nunca fueron ni serán. Que frustrante es intentar revelarse ante algo ante lo que nada se puede hacer. La energía que produce mi cuerpo empieza a circular endiabladamente, chocando, empujando y desgarrando sin control. Quizás si entendiese que realmente no hay nada que entender, que todo esto es una mera cuestión de piel, podría serenar esta tempestad interior y disfrutar del suave cabeceo de esta balsa que zozobra. Llegar a la playa, ahora desierta, y dibujar mis sentimientos sobre la arena húmeda. Y huir.
Los recuerdos de la infancia son muy caprichosos. Ahora mismo veo un niño que sale a pasear con papá y recoge florecillas silvestres para mamá. Ojalá pudiera verlo de nuevo ahora con mis ojos viejos y disfrutar esa ternura idealizada. Me veo sentado en tus rodillas a la hora de la merienda, resbalando después por tus piernas como por un tobogán chiquitito. Comprando un cuento después de salir del médico y volviendo a casa por calles con olores a pan recién horneado que también se perdieron en el humo de los años.
Estoy pidiendo a gritos de silencio encontrar en medio de este caos una sola razón. Algo que me permita avanzar hacia la luz que me devuelva los colores, algo que me permita avanzar por esta cuerda de funámbulo hacia una cordura que se antoja cada vez más lejana. Hay muchas, sin duda, pero… Quizás necesitaría salir corriendo hacia ningún lugar. Ser yo y solo yo mi única compañía, mi único destino. Una meta lejana pero no inalcanzable. Aporrear con fuerza el tambor hasta que las manos sangren y me renueve por dentro. Que cada gota forme parte de un nuevo camino rojo que discurra hacia los ríos y finalmente muera en el mar.
El frío del olvido vuelve gélida esta habitación en la que observar el paso de la vida, sentado en una silla desportillada, único mobiliario, que además desaparecerá en cuanto me levante y ya no habrá nada. La brasa incandescente de un cigarro deja escapar volutas de humo hacia un techo que no existe. No hay ventanas ni puertas por las que escapar de esta locura. Me acurrucaré en el suelo y te llamaré rompiendo este silencio para que vengas una última vez a espantar la pesadilla. Con un único beso en mi frente borrarás estos malos pensamientos y podré dormir de nuevo en mi mundo irreal del que nunca debí salir.
Nunca te escribí nada, tampoco sé si habría sido para ti motivo de orgullo o qué opinión podría haberte generado. Nunca podrás leer esto. Nunca más volveré a escribirte.
Algo dentro de mí despliega sus alas de libélula dispuesto a levantarse en un vuelo infinito. Nada que decir al respecto. Una brizna de hierba se mece acunada por la brisa en el despegue. Me cruzaré de brazos, encogeré mis hombros y volveré a caminar golpeando alguna piedra con mis pies sin aprender la lección.
Ha pasado varias semanas desde que empecé esta confesión y hoy todo lo anterior pierde su vigencia. Hoy ya es tarde para todo. Una vez más la vida te pilla por sorpresa durante el sueño que debería de haber sido reparador. Mientras nosotros jugábamos a ver la vida pasar, esta nos ha atropellado. Con nocturnidad, el ángel encapuchado que nunca tuvo alas ha venido a segar el último nexo. Ha guardado ese último aliento en una probeta que sellará y colocará en un anaquel junto a cientos de miles otras que ya se llevó.
Incredulidad, tristeza, rabia, tristeza, melancolía y más tristeza. Se rompe la presa que alguna vez contuvo sentimientos para que estos inunden y arrasen esas pequeñas construcciones que albergaban mínimos momentos de esperanza viviendo en el límite de lo inevitable. Ahora todos yacen destrozados contra las rocas. Gusanos, olor a putrefacción y olvido en hogueras de batallas en las que hachas y espadas chocan arrancando fuego al hierro que unas manos de la mente crearon golpe a golpe, contra un yunque imaginario de rojo latido.
Si pudiera arrancar almas y segar vidas para apaciguar este volcán que ruge, impasible al dolor, dentro de mi pecho, no me temblaría ni un ápice el pulso. La capucha de verdugo dejando ver destellos, rojo de ira y verde de llanto, por sus dos agujeros y el brazo ejecutando muerte.
Cada golpe es una campanada que retumba en el inmenso vacío que has dejado en mi corazón.  Él no comprende este gran dolor, se revela, me grita, me odia sin saber que yo no puedo hacer nada para mitigarlo. Refugiarme en el pasado y olvidarme de vivir podría engañar a mi mente. Pero otra gran parte de mi ser se agarra con la punta de los dedos descarnados y blancos por la fuerza enorme que ejercen, a la realidad que aún tengo que vivir hoy.
Espero que tu viaje sea apacible. Un viaje de reencuentro con la tierra, de raíces ancestrales, de olores elementales, mineral y agua. Alma que completa el círculo de la vuelta al inicio. Noche volviendo al día, invierno a primavera, fin a inicio. Trasportada sobre un apacible lago de luz y paz en el alma.
Es hora de volver a la realidad. Es hora de llorarte en el mundo real. De que tu recuerdo, que siempre permanecerá conmigo, vaya dejando paso, copo a copo a la fría realidad del día a día. Aprender de nuevo a respirar dejándote atrás, a caminar, a mirar las cosas a través de ojos libres de dolor. Hora de afrontar nuevas batallas, nuevas guerras, nuevo dolor y algunas alegrías con sombra de tristeza. Nada es eterno, nada permanece inalterable, todo se degrada, todo nos es arrancado de las manos.
Debería de decirte adiós, dejarte ir y te prometo que lo voy a intentar. Pero ahora que, mientras la música de violines a ritmo de allegro en clave de sol menor suena en mis oídos,  intento buscar a través de sus notas las palabras adecuadas para expresarse mis sentimientos en esta hora tan funesta, no encuentro nada. No puedo seguir leyendo y releyendo esta carta para ordenar mis pensamientos, carezco de la prestancia de ánimo adecuada para hacerlo. Tan solo cerrare un segundo mis ojos del alma y al abrirlos ya te habrás marchado. Con lo fácil que debería, que difícil es decir “te quiero”. Adiós mamá, hasta siempre. Te quiero.

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